El Derecho de un Artista a Romper y el del Público a la Lobotomía

 

 Escribo esto mientras escucho el infame álbum de Rodolfo Páez llamado “Novela” (¡PRIX PRIX!), como para ponerme en sintonía y lo primero que se me ocurre es advertir al lector: contrario a lo que proponga el título no voy a defender a nadie, cuando mucho voy a atacarlos a todos. 

 Escena viral, Movistar arena, recital, espectadores aburridos, otros enojados y una platea silbadora. Rosario se encuentra en su momento más rebelde, hace unas semanas una pareja en un vuelo Panamá - Rosario era detenida por “intentar mantener relaciones sexuales” en medio del vuelo y a la vista de todos. Esta semana un artista oriundo de la misma ciudad toma de rehén a los espectadores de un estadio y los obliga a escuchar, de punta a punta, su ópera rock, un género que si estuvo de moda alguna vez fue antes de la vida consciente de varios de los espectadores. 

 Suficiente descripción de lo ocurrido, todos lo saben y sino vayan a buscarlo a otro lado, acá venimos a opinar, no a narrar. (Avanzo en el álbum: Cuando el Circo Llega al Pueblo es un hitazo nomás).

 Arranco por lo básico: un artista tiene permitido hacer lo que se le cante el orto respecto de su arte, su perfo, etc. Soy de los que consideran que si el artista se dedica siempre a lo mismo, a repetirse como le diría Lanata (AKA el pelotudo) a Charly García, comienza a degradarse espiritualmente como artista. Y ojo que no lo digo desde una cuestión estética, como podría ser incursionar en nuevos géneros musicales, sino desde una cuestión ética del arte. 

 Con lo ético me refiero a que el artista (¡Para mi eh!) debe poder reflejar en su arte por un lado su subjetividad, claroscuros, contradicciones, visión del mundo y por el otro resonar con la sensibilidad del mundo que habita. A veces se logra una, otra o ninguna.

Los grandes logran ambas. 

 Me gustaría aclarar que esto no quiere decir que todo deba ser grandilocuente, las más de las veces alcanza con 4 acordes y 3 versos. Ejemplos de estos sobran, principalmente en el ámbito punk, post punk o Indi: The Cure, The Clash, Rosario Bléfari o El Nota. Ninguno necesita dar muestras de virtuosismo para conectar con pliegues profundos del alma. 

 Fito Páez lo ha hecho muchísimas veces, no está en discusión y sin ser un as de la experimentación musical ni limitarse a los power chords. Ha tocado el alma de los latinoamericanos en distintos momentos: Giros, El Amor Después del Amor, Ciudad de Pobres Corazones. Aunque hoy forme parte del playlist de la 98.3 y, por lo tanto del mainstream, eso no le quita ningún tipo de mérito. Y lo defiendo a las piñas si hace falta. 

 Ahora bien, sería muy ingenuo pensar que el Rodo es un artista del under o que cada vez que suena su música en los medios, que es bastante más seguido que el grueso de los artistas emergentes, no recibe algún tipo de ganancia (cosa que está bien, lo compuso y lo cobra).  Sin ir más lejos para el show sobre el que todos hablan hoy había entradas por encima de los 150 mil pesos (argentinos, claro está).

 Entro a la página setlist.fm y reviso la lista de temas de los últimos 15- 20 recitales de nuestro artista en cuestión. Excepto el del 20 de mayo y otro del 13 de marzo (el cual estaba dedicado exclusivamente a Novela) el resto de los recitales son en su totalidad, o casi, hitazos. Con esto no se pretende hacer una pericia criminológica, sino de indicar que en el grueso de sus recitales Fito Páez no viene a ofrecer su corazón.  

 Profundizo porque si no me saltan a la yugular: en el grueso de los recitales masivos que viene ofreciendo el rosarino no se consuma un hecho artístico. No es que no haya arte, sus canciones son arte puro, sino que lo que allí se produce no interpela ni sorprende a nadie en las coordenadas de las que hable al principio. Si no es un hecho artístico entonces se puede pensar que es entretenimiento, lo cual no es lo mismo. 

 El amigo Guy Debord lo explico muy bien en La Sociedad del Espectáculo: 

“El espectáculo se presenta como una inmensa positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que “lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece”. La actitud que el espectáculo exige por principio es esta aceptación pasiva que en realidad ya ha obtenido por su manera de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.”

 El espectáculo, o entretenimiento, es eso: un consumo sin ningún tipo de réplica: aparece frente a vos, lo devoras y pasas al siguiente platillo cultural hasta vomitar. Esto no es culpa del espectador sino del capital (aunque, acá entre nos, podrían resistirse un poco más), el cual arruina todo lo que toca y en eso tocó nuestra forma de vivir la cultura.

 “La música se ha transformado en un commodity” me dijo una vez Sergio Rotman y no se equivoca. Y si a la industria musical le sumamos la trampa de la nostalgia (pueden profundizar en este notón de Revista Urbe) tenemos al holograma de Gustavo Cerati agotando sin parar funciones en el Movistar arena con entradas por encima de los 70 mil pesos. 

 No quiero decir que todo el tiempo tengamos que ir a propuestas artísticas que sorprendan e interpelen porque es agotador (y siendo honestos te podés llevar muchos chascos), pero no puede ser que todo el tiempo el grueso de las personas esté buscando una playlist de Spotify o a Francella haciendo de Francella.

 Ahora bien, y sin defender a esa audiencia un poco lobotomizada, sería ingenuo pensar que Fito Páez no sabía que el público del 20 de mayo en el Movistar arena no es muy diferente al público que va a ver un holograma de un fallecido porque no son capaces de incursionar en cosas nuevas.  En una de esas no reflexiona sobre estas cuestiones (lo dudo), pero lo que si debe tener bien claro es su lugar dentro de la industria musical que no es el mismo que el de otros músicos de palos más under o más esnobs.

 Sin ir más lejos hace 4 años con los 30 años de El Amor Después del Amor, Rodolfo pudo explotar ese mismo sentimiento nostálgico y de playlist agotando un recital tras otro, provocando que cualquier lugar le quede chico. Y no me hagan hablar de la serie. 

 No quiero decir que por ser parte del mainstream más masivo de argentina se le haya prohibido hacer canciones nuevas o hechos artísticos novedosos, pero fingir demencia sobre el lugar que ocupa en el mass media y enojarse porque una masa de consumidores no quiere escuchar sus composiciones nuevas (ni las de nadie), es por lo menos un poco jugar a la víctima. 

 Acabo de terminar el álbum (no está mal) y, por lo tanto, debe terminar este escrito. Y lo hago pensando que el del 20 de mayo quizás haya sido el mayor hecho artístico de Fito Páez en mucho tiempo y su mayor evidencia son tanto la ira de los espectadores como la suya propia. Artista expuesto y audiencia interpelada: arte, arte, arte. Y un poco de punk.   

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