Algo Sobre mi Madre
Se cumplen 5 años
de la muerte de mi vieja y, como todo numero redondo (mejor dicho, múltiplo de
5, ni de 7 ni de 9) invita a hacer algo ¿nuevo? ¿grandilocuente? No sé,
claramente los fallecimientos movilizan acciones distintas a los cumpleaños.
Reconozco que esta
necesidad de exteriorizar algo de este registro públicamente no me es natural,
sino que me es totalmente impuesto. Las malditas redes sociales (sabía que eran
ellas) nos invitan cual tirano a subir una fotito de algo/alguien y acompañarla
por debajo con algún ¿poema? para expresarle nuestras emociones al mundo, sino
no existís. Realmente este formato altamente popular en gilstagram me resulta vomitivo
porque se aleja varios pueblos de lo que para mí (¡para mi eh!) implica el
arte.
No de lo que es
(el arte) sino de lo que implica en el artista. Para mí (¡para mi eh!) el hecho
o producto artístico debe estar ligado a la vulnerabilidad del artista. Cuando
uno crea, uno se expone, se abre, se sincera con el mundo y, en ese acto, queda
más vulnerable que nunca, al punto que el mas ínfimo rayo de luz puede pasar de
una amorosa caricia a un fuego incinerante. Con lo que, si el arte no implica
esto, para mí (¡para mi eh! Forros) es menos… ¿valioso? ¿exquisito? ¿artístico?
Por esto es que no
logro percibir en ese tipo de publicaciones el tipo de apertura que me gusta.
Bah, siempre hay sorpresas, y ahí agarrate porque no soltás el celular.
De cualquier manera,
yo de poesía (como de la mayoría de las cosas) no entiendo nada, así que vuelvo
a mi vieja, a quien sí creo que de a poco la voy entendiendo más.
Mi vieja, a
diferencia de la de BoJack, si fue buena persona. Logro criar tres criaturas
prácticamente sola, siempre se ubicaba ideológicamente del lado del pueblo y tenía
un gran sentido del humor, cosa que con los años uno se da cuenta que no es
moneda corriente. Pero prefiero problematizarla y no solamente decir cosas
positivas ya que, en ese caso, sería más fácil mandarlos a escuchar “mi vieja”
de Pappo y chau (Pappo no fue escuchado durante esta escritura).
Sandra vivía
emprendiendo cada día una lucha distinta y, por lo tanto, enojándose con
algo/alguien nuevo. Ojo que no hablo de grandes luchas sociales o causas
políticas exorbitantes, sino cosas de la vida cotidiana que podían estar, o no,
atravesadas por lo ideológico. Podía ser un conflicto con algún compañero de
laburo, alguna figura de autoridad random, una empresa que prestara algún
servicio, etc. Siempre lograba enroscarse con algún conflicto nuevo. Y me
detengo sobre la palabra conflicto un
momento.
Recuerdo, no tanto como memoria episódica,
pero si conceptualmente, cuando le conté que fumaba marihuana. Si lo abrí fue,
justamente, porque comenzaba a haber cierta permeabilidad de parte de ella
respecto de esas cuestiones. Mi madre ni si quiera tomaba alcohol, su gran
droga (o la que ella creía que era la única) siempre fue el tabaco, el cual en
determinado momento abandono pero que siempre, se percibía, deseaba volver. Sin
embargo, mas allá de esta apertura, siempre le genero disonancia mi consumo,
quizás no se ponía especialmente violenta, pero pequeños comentarios, miradas,
en fin, cosas que sabe hacer una madre, dejaban entrever sus ganas de putearme.
El problema acá es
que, cuando uno estudia un poco más lo que son consumos problemáticos o
“adicciones” (creo que yo no tengo ninguna de las dos, por lo menos respecto de
las substancias que le preocupaban a ella) en realidad se entrevera que se
puede tener ese tipo de apego problemático no únicamente a elementos psicoactivos
sino a diversidad de cosas: al sexo, a los juegos de azar, a las compras online
o, como era el caso de mi vieja, al conflicto. Hago un disclaimer porque no era
que reventaba todo por los aires solo por generar conflicto, tampoco es que
quiero describir un monstruo, pero lo que interpreto hoy es que había algo de
la adrenalina del encarar el conflicto, discutir, tener la razón, etc., que le
resultaba absolutamente fascinante.
A Sandra le
encantaba el conflicto, o, por lo menos, tenía una gran facilidad para
encontrarlo y abordarlo. Realmente la mayor parte de mi vida fue algo que me
costó infinidad entender. Quizás por llevar la contra, o como lo quieran llamar,
siempre fui de esas personas que le esquivan sistemáticamente al conflicto y
que prefiere hacer concesiones para reducir el incendio al mínimo. El honor, el
orgullo y ese tipo de cosas prefiero dejárselo a los japoneses, verdaderos
artistas en cuanto a lo que sentirse presionado y suicidarse se refiere.
Sé que hasta acá esto
parece una queja desde un lugar de pasividad y comodidad absoluta, pero en un
toque se va a ir esclareciendo, ponele.
Cuestión. El
problema está en que disfrutaba el choque, y eso la tenía siempre ocupada en
una contienda nueva que realmente no tenía sentido práctico ni heroico, ciertas
veces sí, pero muchas otras no, para nada. Demostrar que tenía la razón en
algo, aunque sea en pequeñas cosas de la burocracia educativa, era casi un
deporte. Esto también se reflejaba si discutíamos de cualquier cosa de índole política,
intelectual, académica, etc., obvio que jamás daba la razón (aunque siendo
honestos no estoy seguro de, al menos yo, haber tenido la razón la mas de las
veces).
Lo positivo es que mi vieja nunca se quedaba
sin hablar de nada y eso, sumado a su voracidad a la hora de aprender cosas de
cualquier rama de conocimiento humano, daba como resultado que cualquiera podía
llevarse algo nuevo en una charla o debate con ella, incluso el gorila más
recalcitrante con él se haya cagado a puteadas aprendía algo. Ojo lo suyo no
era consumir pasivamente contenidos, cada dato o aprendizaje nuevo pasaba a
conformar un nuevo eslabón de una maraña de cadenas en donde todo servía, todo
era problematizado y relacionado con otra cosa. Así nos enseñaba a nosotros y a
sus estudiantes. Nada era algo aislado, ni nada era indigno de ser aprendido.
Excepto ser policía, obvio.
Volviendo un poco,
si hacemos algo de revisionismo sobre su historia, esta faceta confrontativa
tiene muchísimo sentido.
Por un lado su
padre, un judío comunista importado de Tucumán, en determinado momento que
desconozco pero que debe haber sido entre sus 30 y 40 años se peleó con su
hermana, vaya uno a saber por qué, y no volvieron a hablar hasta el día de su
muerte, aproximadamente a sus 50 y pocos años. Conociendo el historial de mi
familia no debe haber sido una discusión por nada insalvable. Desconozco si
después de muertos ambos han vuelto hablar, intuyo que no.
Por otro lado, su
madre, ni judía ni comunista, siempre fue… medio chota, por lo menos (por lo
menos) con ella. No voy a desarrollar mucho esto, pero voy a dar dos datos,
para mí, claves, o por lo menos pintorescos. El primero que María Angélica (mi
abuela) siempre le recrimino a su hija, escuchen bien, que no quería tomar la
teta cuando nació. Hermosa imagen para cualquiera de los presentes. Pudiendo
identificar, por lo tanto, que ya se llevaban mal desde la primera infancia.
El otro dato es
que se pelearon, literalmente, hasta el día de la muerte de mi vieja, a sus 50
y pocos años. Unos 15 días antes de su fallecimiento, ya internada, la mandó a
la mierda por una escenita que la septuagenaria estaba montando contra los
enfermeros de la clínica, y le pidió, en su amable tono característico, que no
vuelva más a visitarla. Recuerdo que estaba contenta por finalmente haber
cortado su relación con ella, que era de las cosas que sentía que le quedaban
por hacer antes de morir (aunque, según mis cuentas, ya la había mandado a la
mierda varias veces antes).
Como verán la
muerte nunca ha sido un tabú muy grande en nuestra familia. De hecho, siempre
saco el tema sobre qué hacer el día de su muerte, como organizarnos, que cosas
había dejado para que no tengamos grandes problemas, etc. No está mal dejarle
un poco de orden a tus hijos, lo llamativo es empeñarse en repetir el plan tan
seguido. De nuevo, un gran sentido del humor. Aclaro para quienes se impresionan
mucho con quienes hablamos de la muerte con ligereza: no duele menos cuando llega,
incluso cuando se suma material humorístico.
Arranqué diciendo
que de a poco entiendo más a mi vieja. Entiendo que ese carácter, que como hijo
muchas veces me jodía, fue la mejor y más sofisticada herramienta que construyo
para hacerle frente a unos padres que la vivían menospreciando, a un ex marido
que no solo no colaboraba, sino que la había dejado en banda mil veces (hijos
incluidos). De enfrentarse a una sociedad que, más en aquel entonces, a una
mujer divorciada y con hijos la hace sentir una mierda, y mucho más si hoza no
quedarse con el primer boludo que le ofrezca espejitos de colores, y mucho más
si le discute de par a par a cualquiera.
A ese
entendimiento le sumo que la hallo cada vez más a ella en mi cuando toca
atravesar alguna situación tensa, no por encontrar placer en ello, sino por la
simple razón de que hay que hacerlo.
No se le puede vivir huyendo al conflicto ni hacer constantemente concesiones,
muchas veces hay que plantar postura, defenderse a uno mismo y a los suyos,
incluso sostener la propia identidad frente a un auditorio que constantemente
te está pidiendo que te normalices y traiciones tu esencia.
Quedan mil cosas
que podría seguir desarrollando, y creo que me quedaran para toda la vida, pero
por suerte hay muchos múltiplos de cinco para seguir reflexionando. Aun así, una
buena primera síntesis seria que mi madre era un ser humano, cosa que a los
hijos nos suele costar entender, pero que ella siempre supo. Y puede que esa
consciencia haya sido su mayor virtud.
PD: Esta entrada
de blog la vas a odiar, si la llegas a leer.
Pablo Degastaldi
Hijo Llorón
Mientras escribía esto escuche:
+ Jeff Lynne´s ELO - Wembley Or Burst
https://music.youtube.com/playlist?list=OLAK5uy_lg1_jE318YqX0QQ2Isslcylx5WqYgNgNo
+ AJJ - Christmas Island
https://music.youtube.com/playlist?list=OLAK5uy_l_d1fih4zidAHtANQHaOZQZc5RO9zxHPM
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