Me Compre un Reloj Despertador
“Desde
que tengo memoria que tengo problemas para dormir”. Esta es quizás una de las
pocas cosas que afirmo sin dudar pero que muy probablemente no sea cierta. Los
recuerdos tienen más de subjetivo que un posteo (¿se dice así?) de Twitter. Las
emociones y el presente modulan cualquier tipo de memoria de una forma
espectacular. Con lo cual es posible que no haya tenido siempre problemas para
dormir, sino que totalizo el pasado en función de la situación más reciente
(además de que recordar el dormir es algo que ya de por si suena bastante
complejo). Si es real, sin embargo, que los tengo hace un buen tiempo.
A
esto le sumo que me considero uno más de los muchos adictos al pequeño apéndice
con pantalla que hace más de una década nos han instalado como indispensable.
¡Ah, la mentira de la comunicación! Innecesario estar híper-comunicado con todo
el mundo o híper informado las 24hs. Y esto siendo buenos, porque me atrevo a
decir que no estamos ni más comunicados ni más informados, que es toda una
ilusión que a duras penas le compite al mago menos experimentado de la peatonal
de Mar del Plata (con el perdón de todos los magos en la sala).
En
fin, coctel fatal, la mañana es una lucha, la cama de todas las luchas. Por eso
es que me sumergí en los anales de la historia para recurrir a un invento que
promete ponerle fin a mi congoja: un reloj despertador. No, no un radio reloj,
están caros y tampoco necesito escuchar la radio a la mañana. El bichito este,
que dicho sea de paso va con una pila AA, ni si quiera se conecta a 220V, solo
tiene hora, alarma y la magnífica función snooze o mejor conocido como “patear
la alarma 5 minutos” (de hecho, es tan rudimentario que el manual dice que
patea la alarma “aproximadamente 4 minutos”). La falta de control y exactitud
le da una belleza arcaica.
Ah
también podés prenderle una luz a la noche para ver la hora en el display, una
luz ámbar con la intensidad suficiente cuyos fotones parecen más avejentados
que los de hoy.
Escena
de hoy: el celular en una habitación, yo en otra y a ver si me visita el
descanso.
De
alguna forma el descanso llega mas no sin pagar una especie de tributo en
medio, ya que el cerebro pide esa pantalla que le da descargas de serotonina
viciada con los colores del dumbscrolleo.
Ese tributo es el desvelo mental. Pero no cualquier develo, sino uno
propio de alguien que está dejando un consumo problemático, con pensamientos catastróficos,
sudoración y temblequeos…bueno, no tanto. Si es real que aparece un sentimiento
extraño de, llamémoslo, soledad.
Ahora
bien, no es una soledad como esa por la que muchos terminamos en el psicólogo,
sino que es algo más emparentado al aislamiento. Por un rato se percibe una sensación
de estar perdiéndose de algo, un mensaje urgente, una conversación importante o
una pieza de información indispensable a la una de la mañana antes de dormir. Por
otro lado, es librarse de esa presencia pasiva de los otros que son las redes
sociales, que a fin de cuentas funcionan como una especie de dialogo en
diferido con tus conocidos.
En
soledad y aislado de esas (des)interacciones surge una paradoja y es que poco a
poco uno comienza a sentirse…menos solo. ¿Y eso por qué? Se me ocurre, a partir
de una analogía sencilla, que, así como el alcohol produce una resaca posterior
a su consumo excesivo, los dispositivos móviles y las redes sociales producen
algo parecido, pero en forma de bajón emocional, luego de la sobre exposición a
la vida ajena.
Se
me viene a la mente una escena de Perdidos en Tokio de Sofia Coppola en donde
Charlotte, el personaje de Scarlett Johansson, sale a recorrer las calles de
una Tokio que no duerme nunca y termina en un arcade (en los fichines). Allí se
observa una cantidad desmedida de estímulos, luces, sonidos espacios pequeños y
abarrotados de máquinas, etc; entre todos los japoneses que se encuentran allí jugando
hay dos que me llaman la atención. Uno que juega a una especie de Guitar Hero
pero que está totalmente lookeado y en personaje, es un Sid Vicious del
capitalismo tardío (una pose que se presenta como ridícula considerando que está
tocando la guitarra de juguete y no una de verdad subido a un escenario). El
otro juega en una maquina donde hay que golpear unos botones en la medida que
se van cayendo unos bloques en la pantalla, pero la gran característica es que
lo hace en soledad y con un entusiasmo, de alguna forma, desmedido. Bah, que se
yo, no es mi objetivo (al menos en estas páginas) juzgar como se divierte la
gente.
¿Qué
tiene que ver esta escena con lo que vengo diciendo? Que ese arcade, sus estímulos
y los personajes que lo habitan es el equivalente a lo que vemos desplegándose constantemente
en las redes sociales, es un minuto en Instagram. Charlotte da un vistazo,
intenta asombrarse y de alguna manera contagiarse de lo que allí observa, pero
lo único que encuentra una sensación desbordante de soledad. Tokio es para ella
un refuerzo de esa amargura que la tiene invadida, es querer curar la resaca
bebiendo aún mas, casi una tortura diría.
¿Y
cuál es la trampa comparten el Tokio de Charlotte y las redes sociales de
nuestros dispositivos móviles? Que en ambas hay mucho para hacer, pero poco
para interactuar. Hay gran variedad de distracciones, pero pocas posibilidades
de vinculación. Invita a evadir, no a abordar.
La soledad, así como el aburrimiento, son
pecados en esta época y lo que se nos ofrece constantemente para librarnos de ellos
son distracciones (por lo menos el ave María te exigía algo de concentración y
memoria). Por desgracia el distraerse de algo no hace que eso deje de estar
allí y cuando la atención vuelva se va a encontrar con la desgracia de que va a
tener que afrontarlo… o seguir con la distracción en la colorida kermese del
consumismo.
Animémonos
(ah re autoayuda) a experimentar y atravesar esos sentimientos de soledad, ese
aburrimiento, esa angustia; de todos esos lugares que pueden parecer oscuros y húmedos
al principio surgen, creo yo, algunas de las experiencias más creativas y
transformadoras que uno puede tener.
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