Nos Cagamos a Trompadas
Cualquiera que viva con una mascota (¿Cómo es a la versión progre para
mascota que se usa ahora?), supongamos un gato o un perro porque el ejemplo
tambalea con los peces, sabe que por más limpieza que haga, por más pipeta que
le aplique siempre queda alguna pulga dando vueltas que por lo general le
hincha más los huevos a uno que al cuadrúpedo del hogar. Obvio que es algo a lo
que de alguna forma te acostumbras porque lo que recibís de esa convivencia es
mucho más valioso y aunque sea totalmente inmaterial estoy seguro que
cualquiera que este leyendo esto no tuvo que usar demasiado la imaginación para
entenderme.
El animal en cuestión también tendrá cosas que le jodan de parte tuya,
principalmente si sos de esas personas que le ponen ropas extravagantes, y aun así
elije quedarse, particularmente los gatos que sabemos que son hábiles para
escapar de aquello que detestan. Hay quienes prefieran ponerlo en términos de
estímulo-respuesta, de supervivencia (como si eso fuera una habilidad primitiva
y poco valiosa) o de oportunismo alimenticio, pero lo que queda claro es que se
genera una suerte de colaboración entre vos y el michi o el firulais… O vos y
los michis, o vos y el michi y el firulais, o vos y el conejo (no sé muy bien
como funcionará la vida con conejos).
Esta colaboración tiene, de alguna forma, ruido o suciedad, advierto que
voy a usar esas dos palabras de forma indistinta. Es decir, hay algo que se
produce de la colaboración que no es del todo placentero, que es incluso
molesto pero que no escala a un nivel que genere la ruptura de la colaboración.
De hecho, es totalmente esperable y uno, al igual que con el ruido de la púa en
el vinilo, lo elimina rápidamente del centro del foco y se concentra en la
música. Agregaría que uno espera que ese ruido exista porque es lo natural de
ese formato.
Ahora bien, supongamos que el vinilo está absolutamente sucio y a duras
penas permite escuchar el contenido musical que uno busca, claramente hay algo
del ruido que nos supera y que no nos permite poner el foco en lo deseado. Ojo,
la música sigue ahí, está presente, pero el ruido es insoportable. Eso, que es
normal, implicaría rever algunas cuestiones, quizás conseguir otro vinilo nuevo
con la misma música (si es que es posible pagarlo porque ta todo caro), quizás
intentar limpiar el vinilo tratando de extender su vida útil o resignarse,
tirarlo a la mierda (o en su defecto adornar una pared con el) y escuchar otra
cosa.
Hagamos un segundo ejercicio en donde el vinilo está en buenas
condiciones, pero usted elige concentrarse únicamente en el ruido de la púa, lo
mismo aplica a que sintonice un programa de radio (por una radio de verdad, no
por internet) y se concentre únicamente en el sonido de la estática, es un
ejercicio difícil, pero hagan el intento. Van a ver que, de nuevo, va a ser
insoportable pero ahora no porque la suciedad haya pasado los límites de lo
tolerable sino porque ustedes cambiaron el foco de la escucha. Se modificó la
subjetividad del oyente mas no se incrementó el fenómeno en sí mismo.
Y si bien dos de mis pasiones son los michis y la música, no es el
objetivo hablar de ninguno de ellos.
Tengo la percepción de que la convivencia entre las personas se viene
haciendo cada vez más dura, más difícil y mucho más tendiente a la violencia y
a la intolerancia, esto lo recontra pongo en debate y a las piñas si hace falta.
Con convivencia me refiero a todos los ámbitos sociales, no a la convivencia en
un hogar específicamente. O sea, el trabajo, la escuela, la fila del
supermercado, el tren, etc. Es decir, esos lugares donde uno tiene poca o nula
capacidad de elegir con quien habitarlo.
Creo que, si bien está atravesado por infinidad de cuestiones, un
fenómeno complejo diría algún sociólogo ladrón, hay algo del foco que tiene
mucho que ver.
Hace poco vino un chaboncito a argentina que se llama Eric Sadin, un
francés que publico un libro, entre otros, que se llama La Era del Individuo
Tirano. La verdad que lo leí poco, seguramente no lo termine nunca, pero, pecando
un poco de pedantería, uno se imagina maso menos por donde va el resto y, de
nuevo, si alguien lo leyó me corrige y/o nos cagamos a trompadas. Partiendo
entonces de la tiranía y la supremacía del individuo o lo individual que se
viene gestando durante esta época de realismo capitalista podemos suponer que
hay algo de lo colectivo que se ha vuelto intolerable, lo cual a mi parecer es
totalmente antinatural.
Esto lo podemos ver en como el mínimo roce entre individualidades desata
situaciones de violencia que son hasta cómicas. Basta un poco de ruido en la
convivencia con los otros para que la música de la colaboración se vea
interrumpida por el exabrupto. Esto se observa fácilmente en el ámbito laboral
donde el desplazamiento de un objetivo en común por el de un objetivo
individual entorpece de manera constante la función institucional.
Ojo, no quiero decir que lo individual no debe ser tenido en cuenta y
que debe ser sacrificado por el bien común, lo que digo es que la tolerancia
del yo a la tensión que le genera la realidad cuando esta viene de un otro se
ha vuelto excesivamente baja. Le pese a quien le pese la colaboración es un
fenómeno natural no solo del ser humano sino de todas las especies y entre
especies. El individuo como soberano y como máximo exponente de la condición
humana es una ficción que venimos internalizando hace algunos siglos y que
escala día a día.
No creo realmente que se hayan ensanchado las diferencias entre las
personas, si seguramente se vienen gestando muchas nuevas formas de
identificación y, por lo tanto, de agrupamiento, pero en esencia considero que maso
menos seguimos siendo todos igual de pelotudos en la forma de interactuar que
en los últimos 60 años (o sea distintas formas pero mismo nivel de desacierto afectivo). Lo que creo, es que bajo es el umbral de tolerancia a
esa incomodidad que me causa el otro, lo que produce dificultad en la
colaboración y coexistencia. Y esto no lo pongo en términos de conservadores o
progresistas porque me parece que de alguna forma somos todos parte de lo
mismo.
El malestar en la cultura, ese sacrifico pulsional que uno hace por los
beneficios de vivir en sociedad, empieza a tener un precio cada vez más alto
para nuestras subjetividades, o al menos así nos venimos comportando. No creo
que sea un proceso natural, sino producto de la caída del relato de occidente y
de su supremacía (en toda su extensión, desde el discurso meramente
racionalista hasta los monoteísmos). ¿Sera que hay que abandonar las lógicas de
consumo y abordar nuevamente lógicas de la cooperación?
Paralelamente hay, hace algunos
años, una vuelta al formato Lo-Fi (falso Lo-Fi) como algo popular, como
añorando ese ruido sucio que había antes. Y no es que los que vuelven a eso se
quedan concentrados en el ruido de la púa y son todos un psicóticos que cantan “kjjjjjjjjjjjjjjjjj”
(ruido de púa), sino que, y esto es una hipótesis, pareciera que esta suciedad
le da un componente de realismo mayor a aquello que se escucha. De manera homónima,
si tu gato no deja una sola pulga en la casa ¿Es realmente un gato? ¿No será un
alíen disfrazado esperando a meterte una sonda en el culo?
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