Esta Semana Sentí
Holiiis ¿Cómo andan? Que días
estamos viviendo ¡eh! Entre narcos, recitales liberales y préstamos
internacionales ya casi es fin de año. Dos o tres renuncias más y estamos
brindando empanchados de pan dulce.
Hay olores y sensaciones espesas
en el aire. Por momentos la iteración de las aspas del helicóptero se hace tan
fuerte que auguramos la llegada de una explosión que nos permita ver afuera
algo de lo que ya nos viene pasando por dentro hace tiempo. Sin embargo, la reedición
y exacerbación imaginaria (o sea de pinta nomas) de antiguos anclajes
identitarios hacen dar cuenta que la explosión quizás ya ocurrió hace rato y lo
único que estamos haciendo es ver como juntamos los restos para construir un
refugio que nos ponga a resguardo de la radiación.
Hablando de radiación, me da la
sensación que las series y películas, al menos varias de las que me he cruzado,
vienen haciendo de caja de resonancia respecto de ese tufo de no tomorrow y de
cinismo fatalista imperante. Y si bien suelo estar de acuerdo con esta cosa de
que el mundo se va a la mierda y de que hay que retratarlo para que quede claro
para, tal vez, hacer algo al respecto; ando con un repentino golpe de
optimismo, no gracias a alguno de los hijos de puta que amenazan constantemente
nuestra existencia, sino porque hay algo de cierto hartazgo respecto a la pose
del paranoide con un cartel de “The end es near”.
Hay mucho violento y mucho loquito
dando vuelta, lo que hace del amor, la risa y la alegría artilugios indispensables
para hacerle frente a todo. Sin caer en lo naif de “el amor vence al odio” (por
favor no caigamos en esa jipeada de nuevo) hay que buscar jerarquizar los
sentimientos que propician los lazos sociales. Han banalizado tanto al amor, ya
sea porque lo desprecian o porque lo reducen a la pura forma, que hay que
volver a ponerlo a cargo de las decisiones.
Igual, mientras las series y
películas no me estuvieron llevando a un lugar significativo, la música si, y
esta semana puedo decir que sentí. Esto gracias a dos cosas bien mainstream,
que nadie espere algo extraño y rebuscado.
Me siento un poco pendeviejo
cuando escucho a un artista “urbano”, pero el discazo que se mandó Milo J
obliga a olvidarse de esa sensación.
Una primera cosa que podría salir para recomendarlo universalmente, a
quienes no somos centenialls, sería “mira, tiene un tema con Silvio Rodríguez y
otro con una grabación perdida de Mercedes Sosa”, pero sin esas dos canciones
(que son las ultimas) el álbum igualmente seria excelente. De hecho, si se
recomienda a partir de ahí puede que se caiga en una especia de “aprendan
pendejos, la vida no es solo trap”. Sin embargo, creo que puede enseñar cosas
que vayan más allá de la edad.
Si algo me gusto del álbum es que
retoma el concepto de “la música es para escucharla”, cosa que parece
redundante, pero como uno va por la calle y hay parlantes sonando
constantemente, así como ve un montón de personas que no se sacan los
auriculares ni cuando están hablando con otro, pareciera que la tendencia hoy
es que la música es algo en segundo plano, que rellena, porque el silencio
amenaza enloquecernos.
Algo bello a la vez es que apela
a la nostalgia (en sus tonos y en parte de sus letras), pero lo hace como una
herramienta más entre todo lo que hace el álbum, no como algo totalizante y
central. Y lo destaco porque es algo que para cierto grupo de oyentes hoy por
hoy lo único que se le ofrece es la nostalgia, reeditar lo viejo porque lo
nuevo no es para vos, no porque no lo entiendas o seas un reacio, simplemente que,
a mí, mercado, no me interesa enchufártelo, no me garpa ofrecértelo. Porque por
más que lo escuches no vas a fanatizarte ni entrar en los circuitos de consumo
de la manera que necesito que lo hagas. Tomá, acá tenés otra reedición de éxitos
de Miranda/Los Tipitos/Fito Páez/Los Pericos.
El concepto que recorre todo de
principio a fin, pero también lo recorre algo de lo lúdico, de lo poco
especulativo. No parece algo hecho simplemente para vender (aunque tenga una
producción tremenda atrás) (y seguro mucha plata), sino que mantiene aquello
que hace divertido el componer, el estirar a donde lleguen los géneros por el
solo hecho de hacerlo.
Anécdota: una vez, cuando estaba en la murga estilo uruguaya como
chanche a la batata, fuimos con un par a un cumpleaños donde eran 98%
folcloristas, pero de los under, cosa mucho más entretenida que un montón de
imitadores de los nocheros. En el fuego giraba la guitarra y sonó folclore
durante horas. Cuando la guitarra llego a las manos de este grupo de murgueros
y sonaron los primeros compases de algo así como “uruguayos campeones”, el
fogón se había vaciado súbitamente. Malditos fundamentalistas de lo que sea.
El otro gran evento de la semana fue el Tiny Desk de 31 Minutos que
rompió la internet, otra vez Latinoamérica mejorando cualquier cosa que le
pongan a mano.
Ver que algo de tu infancia envejeció bien es una cosa hermosa, y esto
es lo que me paso con este grupo de marionetas chilenas. 31 Minutos siempre se
destacó por hacer un humor que tiene como eje bien marcado no tratar a los
niños como idiotas. Habla de muchísimas cosas y lo hace en un lenguaje que
lejos está de caer en la trampa de un puritanismo bobo, sino que desafía,
invita al doble sentido y conspira con el espectador.
En un momento en el que todos estamos saturadamente politizados, incluso
quienes se auto perciben apolíticos lo están más que nunca, esos artistas, en
ese espacio de 2x2, esbozan una pequeña ventana a partir de la cual tomar aire.
No te dicen que te aísles de las locuras que ocurren a tu alrededor, pero podés
hacerlo sin una intensidad que te genere rajaduras y sin atiborrarte de palabras
y defensiones que colapsen la lengua. Con poner un peluche de un cocodrilo, una
breve melodía de piano y dos líneas de dialogo se logra una crítica contra el régimen
trumpista mucho más efectiva a nivel comunicacional que cualquier panfleto o retorica
partidaria. Y le suma un agregado, un destello de alegría, una complicidad con
ese otro que lejos de estar corriéndote con la culpa o un exagerado discurso
racionalista te está diciendo “si, yo también veo lo que está pasando, pero
tranqui que somos varios más que dos, ahora mira el temazo que tocamos”.
El momento actual ofrece e impone
una asepsia emocional de distintas maneras. Una es bien conocida: la apatía, el
no sentir, la anestesia general que te aísla de todo y en sumerge en un sueño
algo extraño y narcótico. Pero la más a mano, la que propone la lógica de las
redes, es la del odio, una anestesia local, que te da la sensación de estar
presente y en control de tus decisiones, cuando en realidad tenés una buena
parte de tu cuerpo, de tu receptividad totalmente inmóvil. Te moves bajo la
propuesta de la ira sin poder sentir otra cosa y pensás que sos un ser
totalmente autónomo, cuando en realidad pecas de la misma condición de aquel
que está totalmente indiferente a la vida.
Por eso es que esta semana estoy contento de, simplemente, sentir.
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